...Mi cuerpo, tan bello como reflejo de mi alma, es el instrumento permanente de mi viaje, es tan claro como el agua, incansable, domestico, vulnerable, travieso, práctico, inconformista, complaciente en la revolución de contrarrestar el espacio que produce el no escuchar, me despierta sin permiso, provoca mis malos humores y practica el saber del conocimiento.
Confunde el bien y el mal, desea sin permiso y sostiene la quietud de lo que perturba, palidece de miedo, ríe y despierta la voluntad de ser. Sabio desde que nace, fiel al posible engaño, prematuro, indiscreto, convaleciente, espera en la quietud de las más informales de las esperas, proporciona una inimaginable línea de sentimientos que embarga los motivos de una conmoción, que provoca la insatisfacción de los movimientos inquietos al paso del tiempo.
Si escuchara, mis lastimadas ocasiones, desde la primera postura, caída al abismo que perdura en la estreches de la practica del bien que sobrepone al sufrimiento constante, llevaría a la penosa costumbre de no imaginar otro desencuentro.
Me acompaña, se desplaza sin saber en los resultados, conmueve toda mi estructura hasta saciar la bondad de ser completo. Vacío, con la regla de convencer el grado de locura que impone el darse cuenta.
A lo mejor resulta que darse cuenta, es un tiempo precioso que no confunde la insatisfacción de crear un estilo no verbal, pero tan tangible como el sonido del silencio...
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